domingo, 3 de octubre de 2010

Probablemente

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Era la 01:50 de la madrugada del día 21 de noviembre del 90 cuando los gritos del pequeño retumbaron en la fría sala del hospital. Nadie fue consciente en ese momento de que la voz y el alma de ese niño de pelo oscuro y ojos inmensos, lograrían transmitir significados aun no escritos.Le conocí a mis quince años. Era diferente. Estaba enamorado del teatro y las bambalinas, de la música incandescente y de lo etéreo, adoraba lo volátil y las sinfonías electrónicas, lo que se anticipaba a una película, y lo que la continuaba. Sabían a amargo sus aventuras. Comencé a adentrarme en su vida, ligeramente, hasta que lo ligero pasó a ser pesado, muy pesado, de forma que, pasando los años de manera rápida, se hizo difícil arrancarle de mí. Era tímido y dulce. Le gustaba fantasear con lo absurdo, jugar con plumas y hacer del mundo algo diferente. A sus dieciocho años comenzó a caminar entre papel de foto y curvas de intensidad y luz. Se hizo maravilloso. Me adentró en el mundo del color y el blanco y negro grumosos, haciendo que lo simple tornase a egocéntrico. Me enseñó a jugar con manzanas, con maquillaje y pelucas, con el yogurt. Hizo del mundo algo intenso. Remarcó mi juventud. Su curiosidad le llevó a encontrarse con un mundo de lámparas de fuego improvisadas, medias rotas entre restos de un colchón viejo y figuras cercanas adaptadas a la perfección. Descubrimos sombras escondidas entre lamentos sonoros. Las flores y lo dulce se metieron dentro de él. Sus victorias se hicieron las mías y le regalé mi canto. El tiempo se hacía frágil y los gestos con su dulzura, casi inexistentes, al pasar por sus ojos y ser fotografiados. Coordinaba texturas y realidades haciendo que en su conjunto se elevase la belleza hasta el punto de resultar insultante. Él se acostumbró a repetirme: «Quien ve mis fotos ve mis pensamientos», una frase de Duane Michals. Y así fue, plasmó sus pensamientos, sus ideas y los contornos de sus vértices, haciendo de su mente materia transparente e inodora. Ahí se escondían sus fotos. Entre las líneas que dividían lo que puede sentirse, lo humano y lo vivo.Y logró crear una perspectiva de color, de encanto, de viveza y aire, en la que, por momentos, hacia que me elevase hasta la más alta de las nubes, siempre acompañada, de sus inmensos ojos oscuros.
« Daniel Garzee » por Julia Prado.

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